La vida nunca se detenía. A veces más lenta, en ocasiones más rápida, pero siempre avanzando inexorablemente.
Conociendo lo vivido, su intención era andar y disfrutar cada paso, o, mejor todavía, cada pequeño gesto que el cuerpo hubiese de adoptar para finalizar avanzando en forma de paso. Uhm, qué gozada. Las pequeñas cosas de las que todo el mundo alguna vez le habló, eran por fin degustadas y saboreadas.
En ocasiones, el día amanecía de tal forma que se veía a si mismo pegándose atracones y cesurandóse por ello posteriormente. ¡Despacio! se decía. Asentía para sus adentros, ¡eso es!, se animaba.
Todo marchaba bien, quizás algún momento de evasión mental hacia atrás o hacia adelante (lo que más echaba de menos) imaginándose un futuro que nunca sería tal porque la dote de la adivinación no es don de las personas y sí en cambio el pensar que la tenemos.
Pero, ¿era real? Y si lo era, ¿cómo podía ser que el sólo viese su camino cuando a su alrededor personas muy cercanas para él, las más, sufrían. ¿Acaso se convirtió en lo que siempre le aterró? En una piedra donde todo rebota y nada siente, cuya coraza de nada y todo protege. Un alma vacía....
Asustado y escandalizado por sus propios pensamientos, retrocedió como hacía tiempo que no lo hacía, y mientras esto sucedía, sus ojos esclamaban desgarro mientras contemplaban lo que le rodeaba. ¿Cómo? ¿por qué? ¿cuándo?....No hayaba respuesta para darle de comer a los fantasmas que las sombras creaban recordándole su impasividad.
¡Ciego, sordo y mudo he sido!...¡Egoísta vil que nada ni nadie altera ni preocupa!.
Aquel hombre, envuelto en su eterno fuego interno, desgarrose la armadura que si quiera conocía que portaba, en busca de recuperar lo pérdido, de sentir lo olvidado, de recordar lo vivido.
El golpe fue mortal...la severidad de las heridas producidas por los impactos del conocimiento del sufrimiento propio y ajeno provocaron su muerte, mas su muerte carnal, pues su alma yacía condenada y enterrada muchos tranquilos pasos atras.
Conociendo lo vivido, su intención era andar y disfrutar cada paso, o, mejor todavía, cada pequeño gesto que el cuerpo hubiese de adoptar para finalizar avanzando en forma de paso. Uhm, qué gozada. Las pequeñas cosas de las que todo el mundo alguna vez le habló, eran por fin degustadas y saboreadas.
En ocasiones, el día amanecía de tal forma que se veía a si mismo pegándose atracones y cesurandóse por ello posteriormente. ¡Despacio! se decía. Asentía para sus adentros, ¡eso es!, se animaba.
Todo marchaba bien, quizás algún momento de evasión mental hacia atrás o hacia adelante (lo que más echaba de menos) imaginándose un futuro que nunca sería tal porque la dote de la adivinación no es don de las personas y sí en cambio el pensar que la tenemos.
Pero, ¿era real? Y si lo era, ¿cómo podía ser que el sólo viese su camino cuando a su alrededor personas muy cercanas para él, las más, sufrían. ¿Acaso se convirtió en lo que siempre le aterró? En una piedra donde todo rebota y nada siente, cuya coraza de nada y todo protege. Un alma vacía....
Asustado y escandalizado por sus propios pensamientos, retrocedió como hacía tiempo que no lo hacía, y mientras esto sucedía, sus ojos esclamaban desgarro mientras contemplaban lo que le rodeaba. ¿Cómo? ¿por qué? ¿cuándo?....No hayaba respuesta para darle de comer a los fantasmas que las sombras creaban recordándole su impasividad.
¡Ciego, sordo y mudo he sido!...¡Egoísta vil que nada ni nadie altera ni preocupa!.
Aquel hombre, envuelto en su eterno fuego interno, desgarrose la armadura que si quiera conocía que portaba, en busca de recuperar lo pérdido, de sentir lo olvidado, de recordar lo vivido.
El golpe fue mortal...la severidad de las heridas producidas por los impactos del conocimiento del sufrimiento propio y ajeno provocaron su muerte, mas su muerte carnal, pues su alma yacía condenada y enterrada muchos tranquilos pasos atras.